Se deslizan,
y tu te mueres...
Se despegan del suelo
y vuelan libres,
entre lágrimas
y bocas tristes.
Se posan en las manos
de quién sueña,
respira, sangra y tiembla.
Dos horas después de la batalla
las caricias solas se queman
¿Y tu?...¡tu te mueres!
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Hoy quisiera comenzar señalando, si cabe, que ya no me asustan los pesares. He dejado atrás a ese niño insatisfecho, dolido e irritado por las esquinas de la realidad. Un niño que se golpeaba contra el reloj de la mesura y la sinrazón. Admiro, hoy, la mirada impasible del viejo al que algún día daremos forma. Ese oscuro pensador, narrador de sus desgracias y borracho de nostalgia. ¿Un año más?. ¡Un año menos!.
Ven y acuéstate conmigo. Juro que no volveré a repetir una y otra vez las sandeces de una noche de verano. Sabes que el calor y las cosas que se respiran, de pronto, me hacen parecer más inútil de lo que algún día pensaste que podía llegar a ser. Aquí dentro, entre tus sábanas, no llueve. Intento dormir. El viento no me deja. La persiana se ha empeñado en rememorar alguna de las noches más inspiradas del Sr. Orff.
¿No lo sabes todavía?. Si. Claro que si. Necesito que me abrazes. Necesito que esta noche me lo hagas lento. Tan lento que parezca que es todo mentira. Tan lento que, cuando nos enseñemos las marcas del deseo, soñemos que nunca fuimos nosotros...
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